Don Ezequiel Barbosa, tejedor de redes que desafía la edad
CHETUMAL, QR.- Don Ezequiel Barbosa es un vivo ejemplo de dedicación y perseverancia. Desde hace un cuarto de siglo, trabaja de manera ininterrumpida tejiendo redes en Chetumal, Quintana Roo, labor que adoptó luego de enfrentar graves problemas de salud que cambiaron su destino.
Originario de Laguna Guerrero, el artesano aprendió las bases de la pesca en su juventud. Sin embargo, antes de consagrarse a este oficio, formó parte del Ejército Mexicano durante nueve años, integrado en el Segundo Batallón de Ingenieros de Combate.
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Aquel camino militar se vio truncado por una dolorosa experiencia médica familiar: a los dos años de edad, su único hijo recibió una dosis incorrecta de medicamento que le ocasionó una discapacidad motriz permanente, obligándolo a buscar otras alternativas.
El motor que impulsa su incansable lucha diaria
Tras abandonar las fuerzas armadas, buscó diversas vías para proveer a su esposa e hijo, llegando a trabajar como guardia de seguridad en Belice para un miembro de la comunidad menonita. La prioridad de proteger a su familia siempre fue su principal motivación.
Hace poco más de 25 años, la salud de Don Ezequiel se quebrantó gravemente debido a cuatro infartos consecutivos. Ante la prohibición médica de realizar cualquier esfuerzo físico demandante, se vio ante la necesidad de reinventar su manera de trabajar.
A pesar de haber cursado únicamente cuatro años de educación primaria debido a las limitaciones sociales de la década de 1940, pasó un año entero buscando una actividad productiva que pudiera realizar sin poner en riesgo su vida.

De una tarraya rota a un negocio de boca en boca
La oportunidad llegó a través de un amigo de sus años como obrero de agua potable, quien le pidió prestada una “atarraya” que solían usar en Tulum y Punta Allen. Debido al desuso y el paso del tiempo, los ratones la habían dejado completamente inservible.
Su amigo financió los insumos para confeccionar una nueva pieza. El resultado fue tan sobresaliente que le sugirió dedicarse formalmente a ello, iniciando una trayectoria de 25 años en esta actividad que data de miles de años antes de Cristo.
A su avanzada edad, Don Ezequiel elabora sus creaciones en el patio de su casa, acompañado de sus cuatro fieles perros, quienes le alertan de las visitas debido a que utiliza aparatos auditivos para compensar su pérdida de oído.

Precisión, resistencia y cautela ante el fisco
Sorprendentemente, Don Ezequiel teje y urde las redes sin la necesidad de utilizar anteojos, valiéndose únicamente de una aguja de urdir y unas tijeras al cuello. Cada tarraya promedio mide tres metros de alto por cinco de diámetro, costando 3,500 pesos por 25 días de minucioso trabajo manual.
Pese a que la demanda ha disminuido y los costos de materiales como los plomos y el cordel de plástico han aumentado, esta labor le permite cubrir sus gastos básicos. Sin embargo, prefiere evitar la publicidad tradicional por temor al acoso fiscal a los microempresarios.
“Una vez vino una persona y me preguntó si yo reparaba. Le contesté que sí, pero que no era burro”, relata con gran sentido del humor antes de soltar una carcajada, haciendo gala de la lucidez y el carisma que lo caracterizan entre sus clientes.



Testigo de la historia y sobreviviente del huracán Janet
Don Ezequiel también destaca por su memoria prodigiosa, al grado de recordar con exactitud su vivencia durante el devastador huracán Janet. Aunque los registros oficiales marcan el impacto el 27 de septiembre de 1955, él sostiene con firmeza que ocurrió el 26 a las 22:00 horas.
Durante la histórica emergencia, apoyó activamente en las tareas de limpieza urbana y durmió varios días en la cabina de proyección del cine-teatro Manuel Ávila Camacho, un espacio inaugurado en el año 1952.
Hoy en día, las redes de pesca modernas —elaboradas de cordel plástico a diferencia de las fibras antiguas que datan del 3,800 a.C.— siguen cobrando vida gracias a las manos de este incansable artesano chetumaleño.

