Retratos de la infancia invisible en Cancún; la lucha que los discursos oficiales ignoran

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La infancia invisible en Cancún enfrenta condiciones de vulnerabilidad extrema en las periferias urbanas y asentamientos irregulares alejados de las zonas turísticas. Asociaciones civiles y fundaciones asumen la responsabilidad formativa y de asistencia ante la falta de infraestructura pública y escuelas en las comunidades rurales. Especialistas advierten sobre la omisión institucional del Estado al descuidar la seguridad, la urbanización y el derecho a la educación de los menores en la periferia.

El sol del Caribe mexicano tiene una doble identidad. Mientras en la zona hotelera de Cancún ilumina fachadas de complejos turísticos internacionales, apenas a unos kilómetros de distancia, sobre la avenida López Portillo, sus rayos caen con una pesadez asfixiante sobre los hombros de quienes no conocen las vacaciones. En este paisaje de contrastes, los discursos públicos e institucionales repiten con frecuencia que las niñas y los niños son reconocidos plenamente como sujetos de derecho. Sin embargo, fuera de ese plano burocrático y de las oficinas gubernamentales, la realidad se construye en espacios desprovistos de discursos. En las calles polvorientas y en las periferias urbanas, la infancia no solo transita la vida, sino que también trabaja para ganarse el sustento cotidiano.

Es ahí, donde el asfalto cede el paso a los caminos de terracería, donde habita la infancia invisible en Cancún. Una realidad que no aparece en los folletos de promoción turística, pero que se impone con la fuerza de la necesidad en los cruceros viales, las entradas de los establecimientos y los asentamientos irregulares que cercan la ciudad.

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Las grietas de la escolaridad en la periferia urbana

La rutina para muchas familias de los sectores más vulnerables de la ciudad comienza antes de que abran las escuelas, aunque para cientos de niños las aulas no forman parte de su mapa diario. En las inmediaciones de la avenida López Portillo, la ausencia de las infancias en los salones de clases es una constante que alarma a quienes caminan el territorio con fines asistenciales.

Alejandra García, Gerente de Desarrollo Institucional de Fundación Ciudad de la Alegría, comparte su testimonio sobre los hallazgos que realizan de manera regular: “Nosotros realizamos misiones humanitarias donde invitamos a familias y a niños, por supuesto, para apoyarlos con despensa, para apoyarlos con ropa y juguetes y algunas actividades para los chiquillos. Vemos a pequeños que en horario escolar no están estudiando. Eso habla de que hay un poquito de falta de escolaridad en estos chicos”.

Esta ausencia de las aulas no se debe a la desidia, sino a una compleja red de factores socioeconómicos que empuja a los menores a incorporarse a las dinámicas del comercio informal o el trabajo doméstico a muy temprana edad. La infancia invisible en Cancún camina entre la mirada indiferente de los automovilistas y la urgencia de llevar comida a los hogares.

Mayra Hu Urich, Coordinadora de Voluntariado en Fundación Ciudad de la Alegría, explica que la dinámica económica familiar es el motor que desplaza a la educación a un segundo término: “Muchos niños se acercan a fundación a vender tal vez pan o algún sustento para poder ayudar a sus familias o a sus hermanitos. Mayormente estos niños que no se encuentran estudiando son de familias de cinco hermanitos. Entonces probablemente los comentarios que ellos suelen escuchar por parte de sus padres es más que nada que deberían de ayudar al hermanito menor para ayudar en la casa y poder tener algún ingreso”.

Retratos de la infancia invisible en Cancún
Escuela en la Colonia El Milagro. Foto: Udeli Morales Romero.

Entre la López Portillo y la búsqueda del pan diario

El entorno urbano de la López Portillo se convierte en el escenario de jornadas laborales informales donde los pequeños asumen responsabilidades de adultos. De acuerdo con las observaciones de García, los chiquillos que habitan o frecuentan las inmediaciones de esta transitada vía suelen dedicarse a la venta de artículos pequeños o, en los escenarios de mayor precariedad, se ven obligados a pedir limosna para subsistir. Esta situación se agrava al constatar que estos menores raramente se encuentran solos; casi siempre están acompañados por un adulto que supervisa sus actividades o que comparte la misma jornada de trabajo callejero.

La falta de acceso a la educación formal genera una brecha que se hereda y se profundiza con rapidez. Hu Urich detalla que, en las comunidades y asentamientos más alejados, se han percatado de que muchos de estos niños no saben leer ni escribir. Su educación se limita al aprendizaje empírico del comercio de calle, acompañando a sus padres en las ventas diarias a lo largo de La Portillo, una de las arterias más complejas del municipio de Benito Juárez.

Para las organizaciones civiles que atienden esta problemática, la situación de la infancia invisible en Cancún no debe abordarse desde la criminalización, sino desde la comprensión de las carencias estructurales. Según refiere García, más que un problema de conducta o de orden público, se trata de la profunda necesidad económica que sufren las familias. Ante este panorama, instituciones como la Fundación Ciudad de la Alegría operan espacios específicos como el hogar formativo Don Bosco. En este centro se busca atraer a los pequeños y jóvenes de entre 10 y 25 años para que concluyan su educación formal y tengan acceso a un esquema de formación integral.

El enfoque, complementa Hu Urich, debe centrarse en la prevención y en dotar de información a los núcleos familiares. La falta de alternativas y de datos sobre los derechos de los menores provoca que las familias numerosas reproduzcan ciclos de trabajo infantil. El objetivo principal de las intervenciones civiles es recordarles a las familias, y a los propios pequeños, que tienen la oportunidad de seguir estudiando y, por encima de todo, que tienen el derecho indispensable de vivir plenamente su condición de niños.

Retratos de la infancia invisible en Cancún
El programa Vagones de Sonrisas ofrece un respiro a la niñez de la colonia El Milagro, transformando los vulnerables retratos de la infancia Cancún a través de actividades lúdicas, apoyo escolar y acompañamiento comunitario. Foto: Udeli Morales Romero.

El Milagro la vida cotidiana de la infancia invisible en Cancún

Al alejarse de la zona urbana consolidada de Cancún, siguiendo el trazo de la misma avenida López Portillo, se encuentra la colonia El Milagro. Este asentamiento, que ha crecido de forma completamente irregular en la periferia de la ciudad, personifica las condiciones de vulnerabilidad en las que se desenvuelve la infancia invisible en Cancún. La fisonomía del lugar está definida por una vialidad principal de la cual se desprenden pequeños caminos interiores y rutas de terracería que se internan en la vegetación de la zona rural.

Un comerciante local de la colonia El Milagro define el entorno con parquedad pero con total claridad: “Es una colonia rural, me explico. No hay mucho que decir en esa cuestión. Ahora sí que los padres siempre veo que están trabajando en ese aspecto.

En estas calles sin pavimento, la presencia de niñas, niños y adolescentes incorporados a las actividades económicas locales es parte del paisaje ordinario. No causa sorpresa ver a menores de edad transportando mercancías, apoyando en pequeños negocios o vendiendo postres caseros elaborados por sus familias para complementar los ingresos mensuales.

La historia de uno de los niños de la colonia El Milagro refleja con nitidez cómo se asimila el trabajo infantil en estas comunidades:

“La primera vez que trabajé estaba ayudando a mi papá. Después, pues, conseguí otros trabajos hasta que terminé aquí así ayudándole (…) Por gusto también así, por mío. Ahorita estamos pues subiendo las cosas para que la vecina pues se vaya a su casa y yo a la mía allá”.

El menor relata con naturalidad el término de su jornada laboral y explica que los pesos que obtiene los ahorra o los guarda celosamente para cubrir necesidades futuras. A diferencia de otros niños que se ven completamente excluidos de las aulas, él realiza un esfuerzo monumental para balancear sus responsabilidades: asiste a la escuela por las mañanas, sale a las dos de la tarde y, alrededor de las cuatro o cinco, acude a cumplir con sus actividades de apoyo a los vecinos o a su propio padre, con quien realiza labores pesadas que van desde la reparación y construcción de viviendas hasta el chapeo y limpieza de terrenos baldíos.

La Capilla como refugio comunitario ante el olvido

En un territorio donde escasean los parques, las canchas deportivas y cualquier infraestructura gubernamental destinada al sano esparcimiento, los puntos de encuentro comunitario no surgen por planeación urbana; se construyen con el esfuerzo de los propios habitantes. En la colonia El Milagro, la Capilla local se transforma en algo mucho más significativo que un simple templo religioso. Para la infancia invisible en Cancún, este espacio se convierte en un centro de reunión, un eje para hacer comunidad y el único lugar donde la rutina de carencias y trabajo puede cambiar por unas horas.

Doña Flory, catequista en la colonia El Milagro, relata las dificultades económicas extremas que definen el día a día de la comunidad: “En nuestra comunidad, la verdad, la mayoría son muy humildes. De hecho, nosotros no les cobramos la cuota de inscripción a los niños de catecismo, porque le digo yo a mis compañeras: si les cobramos, no vienen. A veces hay en familias tres niños, cuatro niños, y entonces considerando eso de que si les cobramos hasta 20 pesos, para ellos es mucho”.

Ante la falta de subsidios o apoyos externos permanentes, las actividades festivas o de recreación para los menores —como las celebraciones del Día del Niño o de Navidad— dependen exclusivamente de la solidaridad de los vecinos. El templo y sus anexos se sostienen gracias a donaciones en especie y al trabajo voluntario de las mujeres de la localidad, quienes organizan ventas de alimentos donados por las propias familias de la congregación semana tras semana.

La falta de recursos económicos también limita el horizonte geográfico de estos menores. Muchos de ellos jamás han pisado el centro de Cancún ni conocen las playas que dan fama mundial al destino turístico. Doña Flory señala que los niños solo salen del asentamiento si sus padres descansan los fines de semana y cuentan con algo de dinero para llevarlos a zonas muy cercanas, pero la gran mayoría permanece confinada a los límites de la colonia rural: “Nada más aquí cerquita los llevan, porque pues por falta de dinero. Ellos salen felices cuando, por ejemplo, viene Vagones, están felices porque vienen desde la una y que los llevan al campo, les ponen juegos y así.

A veces ni se enteran de que, por ejemplo, se hace allá en el centro lo de Día del Niño y todo eso, no los llevan porque pues por falta de tiempo de los papás o por falta de dinero. Qué gusto sería que, por ejemplo, convocaran una (actividad) para la colonia, porque hay muchos niños, tenemos muchos niños, pero por falta de dinero a veces no”.

La infraestructura de este centro comunitario se levanta pieza por pieza, mediante aportaciones de dos o cuatro bloques de concreto que entregan los habitantes. El terreno donde se ubica la estructura comunitaria conlleva un compromiso de pago a cinco años, que la comunidad absorbe colectivamente para resguardar el único espacio seguro que poseen sus hijos. La precariedad es tal que la colonia carece por completo de clínicas, dispensarios médicos u hospitales. Ante cualquier incidente o lesión de un menor, la comunidad depende enteramente de la prevención y de las recomendaciones de las catequistas para evitar que jueguen en zonas de riesgo, encomendándose a la protección divina debido a la lejanía de los servicios de urgencias.

La intervención civil y el muro de la burocracia educativa

La ausencia de programas sociales fijos y la carencia de infraestructura escolar dentro de los asentamientos irregulares han dejado un vacío institucional que intentan llenar agrupaciones de la sociedad civil organizada. Iniciativas como el programa Vagones de Sonrisas han mantenido un acompañamiento cercano con la niñez de la colonia El Milagro por más de un año y medio.

María Fernanda Mayen Mares, directora de Vagones de Sonrisas, ofrece un diagnóstico crudo sobre la realidad educativa en la zona: “Los niños, pues muchos no van a la escuela porque no hay escuelas dentro de la colonia. Los que van tienen que salir de ella y pues no cuentan con carro, entonces salen a pie o en mototaxi. La comunidad la he visto igual, la verdad, quizá más propaganda política en las paredes”.

La dinámica de desprotección se observa también en la forma en que los infantes se trasladan y se cuidan entre sí dentro de los caminos interiores del asentamiento. Según detalla Mayen Mares, es común que los menores acudan y se retiren de las actividades de la capilla de manera totalmente autónoma, desplazándose a pie o en bicicleta sin el acompañamiento de adultos, siendo los hermanos mayores quienes asumen la responsabilidad de resguardar a los más pequeños.

A pesar de las evidentes deficiencias en el acceso al sistema educativo en la colonia, los intentos de las asociaciones civiles por colaborar de manera estrecha con las autoridades educativas federales topan con pared de manera constante.

La directora de Vagones de Sonrisas relata los obstáculos institucionales que enfrenta la infancia invisible en Cancún al intentar gestionar apoyos o diagnósticos conjuntos: “He ido yo a la Secretaría de Educación Pública y me han dicho que no, que no reciben ningún tipo de apoyo externo, porque maestros se han quejado, porque no terminan o concluyen el temario, que no lo necesitan y que el nuevo sistema de educación que se está llevando ya cumple con todo lo necesario para que los niños vayan al 100%”.

La omisión institucional y los derechos borrados de la infancia invisible en Cancún

La disparidad en la asignación de recursos públicos e infraestructura entre las zonas de alta plusvalía y las periferias de Cancún no es una casualidad geográfica; responde a prioridades de gestión gubernamental que relegan a los sectores rurales.

Gilberto Esponda Declementi, especialista en Legislación norteamericana y derechos humanos, con énfasis en la protección infantil, analiza críticamente este fenómeno desde la perspectiva de las responsabilidades del Estado: “Para la administración pública es más ostentoso desarrollar obras o tener participación en lugares en donde la mayor parte de la circulación transita. Conforme nos vamos alejando a estas comunidades rurales, pareciera olvidarse esa responsabilidad del Estado, del municipio. Definitivamente cuando hablamos de Estado tenemos que hablar de su brazo operativo, de la administración pública. Es indudable que la concepción del Estado conlleva la protección de toda la comunidad, específicamente de grupos vulnerables como son los niños”.

El especialista subraya la urgencia de ampliar el espectro legal y la protección hacia los sectores que superan la primera infancia, al recordar que la legislación es contundente al establecer que la condición de niño se mantiene desde el nacimiento hasta cumplir los 18 años de edad.

En este marco jurídico, las normativas laborales prohíben estrictamente el trabajo de menores en rangos de edad vulnerables, incluso si se cuenta con la autorización o el consentimiento de los padres de familia. Por ello, la administración pública carga con la obligación social y legal de edificar instituciones protectoras y fundamentar leyes eficaces a través de los congresos locales, estatales y federales.

La degradación del entorno social y la falta de seguridad urbana también impactan directamente en el desarrollo psicosocial de los menores, al limitar su derecho al juego y a la recreación al aire libre.

Mayen Mares advierte que los niños de la periferia están dejando de salir a jugar a las calles, una problemática que suele atribuirse erróneamente en su totalidad al uso de dispositivos electrónicos y redes sociales como TikTok.

Sin embargo, Esponda Declementi aclara que la raíz del confinamiento infantil es de carácter estructural y de seguridad: “Si las redes sociales, que es lo que comentábamos, si un infante tiene que meterse a su casa a partir de las 3, 4 de la tarde porque las condiciones para jugar a la pelota afuera no son de la seguridad suficiente y se tiene que encerrar a la casa, pues va a tener que buscar otra alternativa de entretenimiento, de formación, de crecimiento. Tenemos que trabajar en seguridad, en urbanización, en proveer servicios sustentables de agua, de alcantarillado”.

La ausencia total de apoyos estatales visibles en las zonas profundas de los asentamientos —donde la presencia policial apenas se limita a patrullajes esporádicos en los accesos principales de la periferia— configura un escenario de desatención. Ante la interrogante sobre si la inacción gubernamental representa una falta legal, Esponda Declementi sostiene con firmeza que la sociedad civil cuenta con los elementos de exigencia jurídica frente al Estado por omisión institucional: “Claro que sí, o sea, tú y yo como grupo social podríamos demandar, exigir, probablemente sea más propio, al Estado poner atención a esos temas.

Una de las partes clave en un proceso legal, como un sistema legal, como en el que nosotros vivimos, es el consentimiento de las partes. El consentimiento de los menores de edad como elemento de un acuerdo de voluntades no es existente. A eso en derecho se le conoce como un elemento de existencia de cualquier acuerdo, ¿correcto? Un menor de edad no tiene capacidad legal para expresar su consentimiento de manera formal”.

Mientras las deficiencias persistan y la planeación urbana continúe ignorando los polígonos irregulares y rurales del municipio de Benito Juárez, la subsistencia y el desarrollo de estos menores seguirán descansando sobre las redes comunitarias de fe, la intervención de las organizaciones civiles y el esfuerzo invisible de las propias familias de la periferia.


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