Venezuela después del desastre
La búsqueda de milagros bajo el concreto ha terminado en Venezuela, pero la verdadera catástrofe humanitaria apenas comienza. Tras el devastador colapso de más de una veintena de edificios en el distrito turístico de La Guaira, la emergencia ha cambiado de rostro: el país ha entrado oficialmente en su segunda fase, una etapa silenciosa y crítica en la que la prioridad ya no es remover escombros, sino evitar que los sobrevivientes mueran por falta de techo, agua y alimento.
Desde Cancún, la comunidad venezolana organizada a través de la Fundación Cisvac advierte que la tragedia está lejos de cerrarse.

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“Las actualizaciones de datos que nos llegan diariamente son aterradoras”, revela Marilyn Torres Leal, presidenta de la fundación, con la voz entrecortada.
“Hablamos de que, al corte del 20 de julio, la cifra de fallecidos asciende a 5,278 personas, 16,740 resultaron heridos, 6,462 fueron rescatados con vida y hay más de 60,000 desaparecidos. Sabemos con dolor que muchos de ellos jamás van a regresar. Esto no se va a reconstruir en un mes ni en un año; nuestro pueblo está profundamente herido y hoy necesita carpas, baños portátiles, cocinetas y lámparas.”
Para Marilyn, la emergencia no es una cifra abstracta en un reporte de prensa; el desastre atravesó su núcleo familiar de manera irreversible: “Yo perdí en esta tragedia a mi tía, a mi prima, a sus dos niños y a sus suegros. Perder a la familia es un dolor inconsolable, pero mi duelo desde esta trinchera es no quedarme paralizada, sino convertir el dolor en energía para coordinar la ayuda que hoy urge en la zona cero”.
La huella mexicana: Los 10 que enseñaron a guardar silencio
Para entender la magnitud de la devastación que hoy enfrenta Venezuela en esta segunda fase, hay que volver a los días inmediatos al colapso, cuando el polvo en suspensión aún no se asentaba y la línea entre la ayuda profesional y el “turismo del caos” era sumamente delgada.
Fue ahí donde un grupo de 10 voluntarios de la Brigada de Rescate Internacional Cancún (BRIC – USAR) preparó sus mochilas con una sola consigna: ayudar a salvar vidas.

Llegar a la zona cero exigió una templanza que no se enseña en los manuales de escritorio. Jan Llano Uribe, rescatista de la BRIC que acudió junto a Muuneek, el binomio canino cancunense que llevó esperanza a La Guaira, explicó la crudeza del escenario:
“Es muy difícil, porque uno siempre va con la esperanza de encontrar vida”, relató Jan. “El primer paso era despejar el perímetro. Sacábamos a la gente porque en su desesperación querían retirar los escombros con las manos, pero si hay gente moviendo tierra abajo, el perro se confunde.”
Para Muuneek, la búsqueda en la catástrofe seguía la lógica de su entrenamiento:
“Para el perro es un juego de olfato: mete la nariz en los agujeros, busca el aire con aroma humano y cuando no hay nada, voltea a verte como diciendo: ‘Aquí no hay nada, vámonos al otro lado’. Ver la cara del perro era la señal de que la esperanza en ese bloque se había apagado.”
Si el binomio canino no detectaba aroma de vida, la brigada aplicaba la fase más dramática de la búsqueda técnica: el protocolo de aislamiento sónico.

Se exigía apagar todo: motores, plantas de luz, motocicletas y gritos. Silencio total a la redonda. Los diez rescatistas mexicanos se tendían boca abajo, con el pecho y el oído pegados al concreto fracturado. Luego, el grito en conjunto:
“¡Somos los de la Brigada Internacional de Cancún! ¡Si hay alguien ahí adentro, haga ruido, grite ahora!”
“En ese momento le dábamos formalidad y orden a la búsqueda”, añade Llano. “La gente se quedaba en silencio total y veía nuestras caras de tristeza cuando levantábamos la cabeza y decíamos: ‘No se escucha nada’. Ellos no estaban preparados para esto, pero al ver el rigor de la técnica, empezaron a colaborar. Nos decían: ‘A ustedes los vemos como un equipo serio, nos dan confianza'”.

Autosuficiencia: La regla de oro del rescatista
En la lógica de las grandes tragedias, un rescatista mal preparado no es un héroe, sino una carga logística. Alberto Vera, coordinador de Administración y Desarrollo de la BRIC —institución con 15 años de trayectoria en desastres como los sismos de Oaxaca, CDMX y Japón—, detalla que el equipo operó bajo estándares internacionales ASAR 2 y ASAR 3 con un especialista estructuralista de la firma Miyamoto.
“Nos extendimos hasta el octavo día de operación continua”, explica Vera. “Por la legislación de Venezuela, los equipos extranjeros no podíamos hacer la extracción directa de los cuerpos; nuestra tarea se concentró en el marcaje preciso para que las autoridades locales realizaran la recuperación de forma segura”.
Por su parte, Óscar Aguilar, director de Bomberos del Municipio de Benito Juárez (Cancún), subrayó la mística de autosuficiencia que caracterizó a la delegación mexicana:
“Ellos mismos pagan sus gastos o gestionan benefactores desde Cancún; no generan un gasto ni piden alimentos en la zona de desastre. De hecho, al terminar la misión regresaron con menos carga, porque gran parte del equipo técnico, herramientas e insumos médicos se quedaron allá, donados a las brigadas locales”.
El llamado que sigue abierto
Hoy, la brigada de 10 cancunenses está de vuelta en casa. Han regresado a sus empleos y a sus familias, dejando atrás la imagen de los edificios de 20 pisos reducidos a polvo y el eco del grito “¡Somos la Brigada de Cancún!”.
Sin embargo, en Venezuela la emergencia no ha terminado, continúa bajo la sombra de las ruinas. Por lo tanto, solicitan a la comunidad internacional no desviar la mirada, la segunda fase del desastre exige que la solidaridad no se detenga.





