Crónica: Coronavirus, 24/7 en casa

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Daniela León | R360

“Los miércoles son días de buena suerte”, o al menos eso solía decir, pues acostumbraba a pasar cosas buenas, divertidas e interesantes en esas fechas. 

Pero este miércoles (18 de marzo) ha sido difícil. Déjame contarte como empezó.

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La alarma sonó a las 5:00 am; lo sé, es demasiado temprano, pero tomando en cuenta el tiempo que se necesita para enlistarse y atravesar todo el Boulevard Colosio para llegar a la universidad, estamos de acuerdo de que sí es una hora razonable. 

Para mi mala fortuna, ese día no funcionó. Las clases serían virtuales y desperté dos horas antes de lo debido, todo gracias a la cuarentena en la que se ve sumergida Cancún a causa del famoso virus que no necesito mencionar. 

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La clase de las 7:00 am, esa clase que nos hace odiar tener que ir a la universidad hizo que me levantara de mi cama, con todo y pijama para prender mi laptop y esperar a que comenzara. Una hora y media, y nada paso, el profesor no alcanzó a conectarse vía Internet.

Para mi siguiente clase, era inminente irme de mi cuarto, pues debía conseguir un Internet mejor lo antes posible.

Invadí en el territorio de mi hermano, quien saltó sorpresivamente de su cama hacia mí para atacarme. Casi rompe mi laptop, pero al final logré sacarlo de su cuarto para tomar la clase. 

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Tuve un recreo de una hora y media, por lo que emergí de mi santuario (bueno, el de mi hermano) con rumbo fijo hacia el refrigerador. Mi abuela, quien decidió quedarse un tiempo con nosotros antes de regresar a la CDMX (por obvias razones), estaba sacando algunas zanahorias para preparar la comida; así que espere paciente detrás de ella. 

Cuando se dio la vuelta me vio y gritó, casi me golpea. Al parecer la asusté, ella pensaba que estaba en la universidad y no esperaba que alguien estuviera en casa. Al parecer mi hermano se fue a su escuela a presentar un último examen, pues se suspenderían sus clases después de eso.

Las clases terminaron y no de la mejor manera. 

La conexión no servía, escuchábamos conversaciones de la familia del foráneo o cosas como “vamos por unos tacos, no hay mucha gente en la calle, ¿vas a ir o te traemos una Maruchan?”.

Cuando finalizó mi última clase, me percaté de que no tenía que tomar la ruta habitual de una hora hacía mi casa, porque simplemente abrí la puerta y llegué a la sala.

Mi padre había llegado temprano y estaba viendo las noticias, en ellas se observaba como las personas en Italia cantaban desde sus balcones para no perder la esperanza, o algo así. 

Yo estaba aburrida, nadie me dijo que el aburrimiento sería otro efecto secundario de este virus.

Para entretenerme entré a Facebook, fastidiada de ver lo mismo cerré la aplicación y abrí Instagram. Ambos se encuentran infestados de memes sobre el virus de moda, videos de cómo lavarse las manos para evitar contagiarse, y qué pasaría si las personas salieran a tener contacto con otros. 

Incluso había una publicación acerca de una escultura de un bonsai con ramas de alambre y hojas hechas de la tela de un tapabocas.

WhatsApp tampoco se libra de este virus, pues estaba saturado de mensajes enviados por profesores, alumnos confundidos y tías preocupadas.

En el grupo de ventas de la universidad venden cubrebocas y gel antibacterial.

Entre mis amigos envían cadenas de “Cosas que puedes hacer durante la cuarentena”; mientras que dos de ellos seguían insistiendo en salir a plazas o cines, a lo que yo debo responder:

“No, no me quiero contagiar, porque si lo hago puedo infectar a mi abuela de 72 años y a mi hermana prematura”

No he salido, y ya olvidé lo que es estar bajo el sol. En lo único que puedo pensar es en que solo han pasado tres días, y no me imagino cómo serán las próximas semanas.

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