Al Pacino, en su actuación en la serie “Hunters” de Netflix, hace una interesante reflexión respecto del reclamo que un grupo de sobrevivientes del Holocausto realiza a los agentes de la policía federal, políticos y jueces de Estados Unidos respecto de la ubicación de nazis buscados en las listas de Núremberg, viviendo tranquilamente en Nueva York, y lo hace con una frase tristemente aplicable a México, a decir: “En este país la justicia es ciega, pero para muchos de nosotros, también es sorda”.
Y esto me lleva a un tema aún más profundo. La idealización de la justicia desde una concepción paralela a la definición moderna de felicidad como fin último de las personas, se ha esparcido más rápido que el COVID gracias a las redes sociales que, todos los días, idealizan a las personas que viajan, usan marcas específicas, tienen color de ojos, talla de busto o una forma de nariz específica.
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Tienen cierta marca de vehículo, se toman selfies en puntos famosos, comen keto o se cubren del sol con cierta marca de lentes solares, entre otros muchos ejemplos, que nos deja claro que el mundo se mueve por las redes sociales de acuerdo con la marca que pague más publicidad.
Esto nos lleva a que, de pronto, la mayoría de las personas del planeta que no tienen esa posibilidad económica se vean a sí mismas atrapadas en una tristeza adquirida por la falta de productos comerciales idealizados como catapultas para la felicidad. Y entonces podemos tener a una mujer que, sin posibilidades de alimentar a sus hijos, prefiere usar lo poco que recibe de su pensión para endeudarse con un iPhone y, así, poder lograr esa “felicidad” ficticia.

Redes sociales distorsionan la percepción de justicia en la sociedad
Lo grave del caso es que lo mismo ocurre en política y en derecho hoy en día. Existen en redes sociales dos grandes bandos: los que están enajenados con una tendencia socialista y, a veces, liberal, y aquellos que defienden versiones de libre comercio a los que llaman neoliberales y que, no siempre, son más conservadores.
Para los unos y los otros, entender las bases filosóficas, políticas y económicas de los términos empleados, como: liberal, conservador, izquierda, derecha, neoliberal, socialista, socialdemócrata y demás, es sumamente complicado.
Un ejemplo de ello es el frente amplio que históricamente los partidos grandes-hegemónicos de México han construido de forma pragmática, en donde un empresario religioso que acude todos los domingos a misa y se opone a la adopción homoparental puede liderar un partido “liberal” y hablar “desde la izquierda” en el Senado, por más absurdo que pueda parecer.
Y así, una gran porción de sus afiliados son, en estricto sentido, ideológicamente irreconciliables con los principios que profesan esos partidos en sus documentos básicos, sin que en realidad les interese a unos o a otros. Tal como sucede con la mujer del iPhone, la felicidad se adquiere por el hecho de aparentar una pertenencia, aunque mi partido promueva la despenalización del aborto y los afiliados sean de provida. Nadie se entera de nada en realidad.
La justicia digital se degrada por opiniones sin fundamento jurídico
Pero las redes sociales han ensuciado también el concepto de derecho a partir de una sesgada definición de justicia, en donde solamente se alcanza si es en mi beneficio, ya que, de no serlo, es corrupta, es ilegal y realizada por operadores del derecho manchados del oprobio conservador, como dicen ahora.
Y así, como si se tratara de las marcas en redes sociales, de comidas o espacios fotográficos, la justicia y el derecho fueron llevados al entorno digital por personas que no saben de derecho, pero que, de pronto, se convirtieron en fuente de opinión de temas jurídicos. Y con la asunción de jueces sin competencias académicas suficientes o nula experiencia como postulantes, enrarecieron más la información jurídica que fluye de los manantiales digitales.
Poco a poco, esta tendencia de desatender lo conceptualmente correcto desde el derecho para optar por lo que más me acomoda o le acomoda a mi partido, en la búsqueda de la justicia como erróneo sinónimo de felicidad, ha sido adoptada por los nuevos jueces que, lejos de ocuparse en aprender más de doctrinarios como Kelsen, Bobbio, Perelman, Habermas, Dworkin, Hart o Bentham, o aprovechar a los que aún viven, como Ferrajoli, Atienza, García Amado o Helen Xanthaqui, prefieren descalificarlos bajo un criterio anti-eurocentrista o anti-colonizador, separándose del conocimiento jurídico del sistema neorrománico, creyendo que allí, desde una tendencia política-partidizada, se encuentra la verdadera justicia.
La justicia, pues, para los unos y para los otros, será lo que siempre ha sido: injusta para los que pierden y cuasi correcta para los que ganan (porque siempre falta un poco más), pero ahora que los juzgadores politizados forman parte del arrebato de la justicia aspiracional como fin último de la felicidad política de partido, se suma una bruma que opaca aún más la luz que, desde el derecho, debería señalarnos el camino.
Por ello, el derecho cada vez se ve más amenazado porque la moral superior del juez de partido siempre derrotará al derecho preexistente por venir de legisladores considerados como conservadores. Al final, es más fácil recargarse en un principio moral inventado que subsumir los hechos al derecho, haciendo realidad la frase de Al Pacino: la justicia, en este país, es ciega y, ahora, además, es sorda.

