Hoy en día, en un contexto marcado por la desigualdad cognitiva, resulta incuestionable que el uso de la tecnología, particularmente la que viene acompañada de una conexión a internet, ha cambiado la vida en las sociedades. Habrá quienes consideren que la sociedad ha evolucionado gracias a dichos avances, pues ayudan a hacer más fácil la vida.
También habrá quienes afirmen que, como sociedad, estamos en un proceso de involución, pues estos avances generan a su vez problemas como el sedentarismo, la obesidad, el ciberacoso y el aumento de la brecha entre ricos y pobres, ya que no toda la población tiene acceso a dicha tecnología.
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De entre las desigualdades entre la clase alta y la clase baja resalta una nueva y creciente disparidad ocasionada por el abuso que se le da a esas tecnologías, particularmente a los teléfonos inteligentes con internet, y es la desigualdad cognitiva, que se refiere a la brecha creciente en las habilidades de pensamiento profundo, concentración y razonamiento.
La desigualdad cognitiva es impulsada por el acceso desigual a la educación de calidad y la exposición a pantallas, donde los sectores más desfavorecidos se ven atrapados en interminables horas frente al smartphone, afectando, como mínimo, su capacidad de concentración, mientras las élites educan a sus hijos en entornos sin pantallas.
Hace algunas semanas, en un ensayo publicado en The New York Times, la periodista Mary Harrington hace referencia a dicha desigualdad cognitiva al expresar que el acto de pensar se está volviendo un lujo, debido a que, mientras las élites están tomando medidas activas para protegerse de fenómenos como el brainrot.
Limitan el uso de pantallas en sus hijos, pagando escuelas donde se restringe la tecnología y se prioriza el desarrollo de la lectura y la concentración de los estudiantes, las personas con menos recursos no tienen ese margen de elección y quedan expuestas al consumo constante de videos con contenidos digitales absurdos, incoherentes y de baja calidad, lo que deteriora su comprensión lectora y su capacidad de atención. El fundamento de esta declaración se encuentra en los datos que a continuación explico.
Datos que evidencian la desigualdad cognitiva
Disminución del cociente intelectual de adultos y niños, en el marco de la desigualdad cognitiva. Según una encuesta realizada en 2023 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las puntuaciones de alfabetización de los adultos han ido descendiendo en la mayoría de los países miembros de la OCDE en la última década, y algunos de los descensos más dramáticos se observaron entre los más pobres. Los niños también mostraron una alfabetización decreciente, según los datos de la prueba PISA 2022.

Cambios en los hábitos de lectura. Según John Burn-Murdoch, en su artículo ¿Han superado los humanos el punto máximo de su capacidad cerebral?, publicado por el Financial Times, existe hoy en día una cultura postalfabetizada en la que la mayoría de la información se consume a través de los celulares, evitando los textos densos en favor de las imágenes y los videos de formato corto, como YouTube Shorts, Instagram Reels y TikTok.
Por lo que respecta a las escuelas, según la periodista Sharon Lurye, los profesores de escuelas y universidades asignan menos libros completos a sus alumnos, en parte porque son incapaces de completarlos.
En cuanto al número de libros que en promedio se leen al año, según datos del Inegi (2023), los mexicanos leen 3.2 libros al año, mientras que, para el mismo año, casi la mitad de los estadounidenses leyeron cero libros (según encuesta de The Economist), lo cual muestra que este hábito va a la baja, dado que Estados Unidos es uno de los países que más libros lee al año (entre 16 y 17), junto con Reino Unido, Canadá y Francia, que en promedio leen entre 14 y 17 ejemplares.
Cambios en el funcionamiento del cerebro. Según la académica Maryanne Wolf, la capacidad de lectura experta de formato largo reconfigura el cerebro, aumenta el vocabulario y perfecciona la capacidad de concentración, razonamiento lineal y pensamiento profundo.
Cuando se lee en el celular se alteran la atención, el sueño y la comprensión profunda, debido a la luz azul y la sobreestimulación de notificaciones, lo que disminuye la melatonina, aumenta el estrés (cortisol) y fomenta una lectura superficial, dificultando la concentración y el pensamiento crítico. El cerebro se reconfigura para hojear, reconocer patrones y saltar distraídamente de un texto a otro.
Correlación entre alfabetización y pobreza. Según un censo realizado en 2019 por Common Sense, preadolescentes y adolescentes estadounidenses cuyas familias ganaban menos de 35 000 dólares al año pasan cerca de dos horas más al día frente a las pantallas, en comparación con aquellos cuyos ingresos familiares superaban los 100 000 dólares anuales.
Según datos del Comité de Educación del Parlamento del Reino Unido, los niños que están expuestos a más de dos horas al día de tiempo de pantalla recreativo tienen peor memoria de trabajo, velocidad de procesamiento, niveles de atención, habilidades lingüísticas y función ejecutiva que los niños que no lo están.
Políticas públicas frente a la desigualdad cognitiva
Con toda esta información es innegable las múltiples desventajas que trae consigo el uso desmedido de pantallas en la población en general, no solo en los niños, por lo que es imperante el desarrollo de políticas públicas que vayan en torno a:
- Restringir el uso de dichos dispositivos. En nuestro país existen ya algunas propuestas para prohibir los teléfonos móviles en las escuelas, lo cual se sumaría a reformas aplicadas en otros países, las cuales incluyen exenciones para niños con necesidades particulares.
- Educación y concientización a los padres sobre cómo gestionar y comprender mejor el impacto del tiempo frente a las pantallas en sus hijos, cómo supervisar el uso de los dispositivos, el uso de los controles parentales y cómo abordar el uso problemático de las pantallas, incluyendo cuándo buscar ayuda.
- Medidas a gran escala que consideren la prohibición total de los smartphones para menores de 16 años o la instalación de controles parentales por defecto en esos teléfonos.
- Promover el uso de teléfonos para niños que puede usarse para contacto y localización GPS, pero no para acceder a internet o descargar aplicaciones. Mientras eso ocurre, hay que leer más libros y pasar menos tiempo frente a las pantallas.

