Inicio este artículo con una frase de Shakespeare, citada por Andrés Rosler en su obra “La ley es la ley”, y que de manera muy sencilla ejemplifica la realidad que estamos viviendo en México y el mundo, estableciendo un sistema de debilitamiento del derecho internacional para generar líderes populistas que nos llevan poco a poco al caos.
“Cade.- Todos comerán y beberán a mi cuenta,
y voy a vestirlos a todos ellos con un uniforme
para que puedan estar de acuerdo como hermanos
y adorarme como su señor.
Dick.- La primera cosa que hacemos, matemos a todos los abogados.”
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Después de un efervescente fin de semana en el que Donald Trump, sin permiso de su Congreso y pasando por sobre todas las reglas jurídicas internacionales de convivencia política y soberana de los países, para “intervenir”, o mejor dicho, “invadir” a Venezuela para llevarse detenido, sin juicio y violentando la inviolabilidad del domicilio, a quien hasta entonces se ostentaba como presidente de esa nación, supuestamente por acciones de narcotráfico y terrorismo contra Estados Unidos.

He sido muy cauto en escuchar, a veces con sorna y a veces con asco, a quienes por un lado defienden una supuesta democracia venezolana y a quienes aplauden y piden que eso mismo pase en México. Versiones, ambas, para mi criterio, absurdas, vistas desde el derecho.
James Monroe impuso la doctrina que lleva su apellido como una herramienta precisamente anticolonialista, para evitar que los imperios, es decir, el Reino Unido, quisieran reclamar lo que consideraban como suyo, es decir, Estados Unidos.
Bajo el lema de “América para los americanos”, buscaban evitar a toda costa que los europeos se apoderaran nuevamente de su país en específico, en un contexto previo al desarrollo del derecho internacional. Es decir, la cosa no nació tan mal.
Sin embargo, bajo una reinterpretación de esa doctrina (siempre he sostenido que la interpretación ideológica del derecho es el origen de todos los fracasos), se adjudicaron la potestad de transformarse ellos en colonizadores, en ser los europeos de América Latina, generando países bananeros, como ellos mismos decían que éramos los que vivimos en su “traspatio”, ya en abierta contradicción con los principios del derecho internacional.
La doctrina Monroe y el derecho internacional como pretexto
Gracias a esa reinterpretación de la doctrina Monroe, tuvimos escenarios lamentables en Chile, Cuba, Panamá, Nicaragua, Bolivia, Brasil, Guatemala, Haití, República Dominicana y en México, en donde la intervención de esa nación es anterior incluso a las reinterpretaciones de dicha doctrina y data de la primera elección del México independiente, en 1828, en donde ganó el general Pedraza y, por presiones de Joel R. Poinsett, el ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México, terminó siendo presidente Vicente Guerrero (léase H. Alday, Las elecciones federales de 1828, Revista Concordancias, IIJ UNAM).
Sin embargo, hoy en día lo que estamos viviendo no tiene relación con los hechos del pasado, ya que no podemos comparar a los imperios colonizadores de entonces con el mundo en el siglo XXI. No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando un país, con base en un derecho interno, trasgrede el espacio y el derecho internacional para ejecutar órdenes extraterritoriales en otra soberanía.
Roma, antes de Cristo, después de la segunda guerra púnica, “intervino” a Cartago por medio de Publio Cornelio Escipión para quedarse con el comercio marítimo del Mare Nostrum, y lo hizo con el mismo fundamento de su derecho interno, pero hoy en día no existe rastro de Cartago en el mapa después de esa legal “intervención” (ver D. Durham, Aníbal, el orgullo de Cartago, ed. B).
Pero en ese momento no existía el derecho internacional ni los compromisos multilaterales de respeto a las soberanías o el principio de inviolabilidad de los domicilios que hoy tenemos. Trump no es Escipión. Estados Unidos no es Roma. 2026 no es el siglo I a. C., aunque así lo parezca.
Populismo y erosión del derecho internacional contemporáneo
Hoy lo que debe preocuparnos y ocuparnos a todos es retomar el derecho internacional rígido y fortalecerlo desde lo interno, porque absolutamente todos los países hemos sido culpables de esta violación flagrante al derecho internacional e incluso a su propio derecho, al ignorar a su Congreso. Y esa corresponsabilidad es clara desde el momento en el que los ejecutivos de los países comenzaron a ser más importantes que la ley, a tener dotes populistas y mesiánicos (ver S. Levitsky, Cómo mueren las democracias, ed. Lecturandia).
Es precisamente el establecimiento de gobiernos populistas el que debilita al derecho, como ha pasado en Rusia con Ucrania, en Palestina e Israel, en Estados Unidos y Venezuela, en lo interno, con Maduro y Trump, que han pasado por encima de la ley hasta llegar a lo que estamos viviendo nuevamente en este continente.
Ese adelgazamiento del derecho internacional por parte de figuras mesiánicas es lo que nos ha llevado a la falta real de un Estado de derecho en el que incluso, en México, hemos visto que los juicios se dirimen en Facebook sin fundamento legal alguno, si se trata de un contrario político de quien lleva las riendas.
Hoy, más que nunca, debemos retomar el derecho positivo y descarnarlo de cualquier ideología política para volverlo a su estado natural conceptual y amoral, ya que, de mantenernos en esta línea, seguiremos dañando a las instituciones jurídicas y repercutiendo en detrimento de los Estados nación por los que tanta tinta gastó Thomas Hobbes.

